Impresiones en Alter do Chao
Alter do Chao es una pequeña población cercana a Santarém, en el estado de Pará, Brasil. Por una curiosa combinación de minerales y vegetales las aguas del rio Tapajós son transparentes y sus costas, de una arena blanca que no se repite en ningún otro lugar de la cuenca del Amazonas. Por eso llaman a Alter do Chao el “Caribe Amazónico”.
En sus aguas cristalinas nada el botú, delfín rosado que según es leyenda, en las noches sin lunas, por un hechizo que los nativos no intentan explicar, deviene un joven mancebo que seduce a las muchachas vírgenes y las ama entre las nieblas de la orilla. Cuando el niño es reservado, como apocado, cuando rechaza la luz del día y parece despertar en el crepúsculo todos saben: es hijo del Botú.
La hora preciada es el atardecer, cuando los vientos se aquietan, y con ellos las aguas se calman y mágicamente reflejan las orillas, duplicándolas, dando a luz a los seres que habitan en el linde, en el borde.
Cuando el sol declina alquilo un bote a los pescadores y me voy Tapajós arriba, entrando en las lagunas y en las bahías, viendo cómo el botú asoma su cabeza y se hunde silencioso. Mientras remo recuerdo a la Curupira, la “Mai da Floresta”, la madre de la selva, quien vela por todos los seres que habitan el monte y a quien, a pesar de ser invisible, describen como una vieja de baja estatura que tiene, curiosamente, los pies apuntando hacia atrás. Cuando los hombres de la selva se pierden en lugares que conocen perfectamente, saben que se trata de una broma de la Curupira. Para salir del hechizo cortan un trozo de liana y con él arman un diseño de arabescos. Luego lo apoyan en la tierra y esconden una de sus puntas entre las hojas. La Curupira es curiosa. Al ver ese diseño que se pierde en el follaje, quiere averiguar dónde va la punta escondida. En ese momento, cuando la Curupira se concentra en resolver el dilema, el hombre puede escapar a su influjo y volver a casa.
Un pájaro acompaña siempre a la Curupira. Cuando se escucha su canto en la mata, la Curupira está cerca. Su hora preferida es el crepúsculo.
Sigo remando mientras el sol lento recorre el último cielo. El crepúsculo es, también, la hora de la Mai do Rio, madre del río, espíritu protector del río y las orillas y todos los seres que lo habitan. Cuentan que una bióloga que hacía su trabajo de campo se encontró en las orillas con una viejita viejísima que la increpó por llevarse sus cosas. La bióloga giró la cabeza y cuando volvió a mirar, la vieja ya no estaba. Los ancianos coincidieron: fue la Mai do rio. Tomó acaso la bióloga algo de las orillas. Si, unas piedras, que solícita, volvió a colocar en su lugar.
Remar solo en el río Tapajós al atardecer no es la soledad. Amén de los delfines y los pájaros, las tortugas y los peces, se siente la presencia atenta y densa, como una respiración, del río, la selva y el cielo
Entro en la Lagoa das Piranhas, el agua está quieta y el mundo se duplica en las aguas y las puertas del misterio se abren, y se rasgan los velos del secreto. Aves y murciélagos surcan el cielo teñido de sangre y los “seres” de la orilla, los que habitan el otro lado del espejo, cruzan el umbral y buscan con sus ojos, mi mirada. Instintivamente sobrecogido, canto los mantras de Shiva que aprendiera unos años atrás en las orillas del otro río, el Ganges, la madre de todos los ríos (el Amazonas es el padre). La cámara capta el milagro, el frágil momento del encuentro.
La noche se cierra. Lentamente emprendo el regreso mientras me pregunto si las nubes de tormenta que asoman el horizonte me dejarán llegar a puerto. Me siento solo en lo inmenso. Sólo escucho el sonido grave del remo acariciando el agua.
Recuerdo la revelación que las plantas sagradas me regalaron unos días antes, de la mano de Paulo Brasil, hombre de la tierra, experimentado en magia y misterios: las imágenes fijas que quedan impresas en las fotos, detienen en rigor algo que está moviéndose… los tótems que registra la cámara son la imagen quieta de “seres” que son un eterno devenir.
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